El Gran Deseo

No había nada que deseara más Samanta, que tener un búho con ojos muy grandes. Amaba su habilidad para volar y su aire de elegancia. Cada noche antes de acostarse miraba, allá a lo lejos, desde la ventana de su cuarto, uno que se posaba sobre el viejo ombú.

En el fondo de su corazón sabía que jamás podría tenerlo. Sin embargo, apoyaba la nariz contra el vidrio, enfocaba su mirada hacia él y soñaba aunque sea un rato.

Uno de sus anhelos más grande era  encontrárselo en una esquina frente a ella.

Una noche de verano salió con su abuela Tota a tomar un helado, iluminada por la esperanza de encontrarse con su amiguito. En vano fue el deseo… Al no verlo sólo sintió tristeza y desánimo.

Pasó el tiempo y lentamente Samanta fue olvidándose del extraño deseo.

Una noche, al volver con su familia de una fiesta, sus ojos se toparon con dos grandes puntos negros pegados al vidrio de su ventana; ambos se miraban profundamente y no lo podía creer…  A través de ellos  logró llegar a un sitio de su ser donde sintió deseos de volar… y apretar entre sus manos, el dulce calor de su suave plumaje.

Pasaron los años y Samanta tuve una niña a la que llamó Ligia.

Un día la pequeña soñó con viajar por el universo y Ligia sintió que su sueño no llegaría.

Samanta, su madre, la tomó entre sus brazos y mirándola a los ojos le dijo: — Ten paciencia niña mía…  anhela con deseo tu sueño y pon sobre él todo tu esfuerzo, que estoy segura… que algún día llegará. 

                                                                                                                      Por: Susana Borchers

                                                                                                                      Redacciòn tuguianorte.com