El mar de María

 

María era una niña de ojos grandes como el mar, dientes como las perlas profundas del océano, cabellos claros y rizados como la espuma que se escurre entre las rocas del mar, y piel del color de la arena. Cuando reía, era como oír cientos de delfines pegando grititos alegremente. Cada mañana, antes de desayunar –desde alguna ventana– contemplaba el mar. ¡Era su eterno amor!

 

A la rueda rueda de la ruiseñas olas,

mientras los peces duermen

las traviesas burbujas forman una cola.

 

 

Al volver de la escuela, para saborear su piel salada y respirar la fresca brisa, la niña siempre salía a pasear por la playa y, a menudo, acompañada de gaviotas que revoloteaban a su alrededor. ¡¡¡Para ella el mar era su río de plata!!!

Y cuando por las noches miraba el horizonte antes de acostarse, soñaba con tirarse al mar para conversar y jugar con sus queridos animales.

 

A la rueda rueda de las ruisueñas olas,

cantan, bailan, sueñan.

Y entre todas, duermen a las dulces caracolas.

 

María soñaba con diluirse en el agua salada y desaparecer entre los arrecifes, y así poder conocer el misterio del mar, conversar con los delfines, observar a las rayas, a las sardinas, subirse a una ballena, escapar de los tiburones… y  ver de cerca los bosques marinos, escuchar el canto de las sirenas, el silbido de los barcos fantasmas…

 

A la rueda rueda de las ruisueñas olas,

que juegan con la arena formando pompas de colores.

¡Sus vestidos parecen de seda y amapolas!

 

 

Cuando ella terminó la secundaria, decidió ir a la Universidad del Mar para ser una buena navegante y así recorrer los océanos, y conocer amigos en sus profundidades; deleitarse con sus catalejos de las playas que circundan los mares, donde serpentinas de espuma rondan las playas doradas…

 ¿Qué más podía desear?

Ya tenía todo: sal, agua, arena, hermosas playas, amigos, olas grandes, olas chicas… hasta tempestades.

 

Después de todo, me pregunto:–¿No es acaso la vida una aventura que discurre día a día entre olas y corrientes marinas? Con buen tiempo o con mal tiempo debemos seguir hacia delante, como hizo María, y buscar la felicidad aunque  a veces… se encuentre escondida en la profundidad de la mar salada.

 Por Susana Borchers

Redacciòn tuguianorte.com