Escondidas

Salió de su casa, caminó horas  sin saber adónde ir; al llegar la tardecita decidió sentarse en el banco de una gran avenida invadida por luces muy brillantes, y en silencio, y muy cansada, allí permaneció por largo rato. La ciudad, con su color ocre, sus grandes  estrellas y el camino marcado con el tinte  de una noche espectacular…   rondaba en su mente.

Cuando ya el aburrimiento le había bostezado dos veces, su mente trastornada la invitó a jugar a las escondidas. Su alegría dio saltos y sin dudar, aceptó.

A un auto y a una moto que pasaban los convidó a jugar, y a las flores del jardín, y a los arbustos del parque los alentó para formar parte de ese entretenido pasatiempo. ¡Hasta al tranvía convenció…! Y con el resplandor de las fuertes luces, a todos aquellos que pasaban  los llamaba a participar.

El obelisco, envidioso, muy sorprendido preguntó: –¿Puedo yo también jugar?

Ella estaba tan contenta que comenzó a contar:

–Uno, dos, tres… ¡cien mil!

El auto se escondió detrás de un rosal, la moto al costado de  unos juegos, el colectivo sobre la copa de un árbol, algunas personas sobre la costa del río y otros… otros, más allá…

De tanto correr comenzaron a sentir sed y se acercaron a la fuente a beber de su  fresca agua cristalina. Los peces, sorprendidos, comentaban: –¿quiénes  serán estos locos que gritan y perturban nuestro reposo?

El compañerismo   y  el amor demente reinó sus momentos…  y la locura, apostada detrás de un inmenso pinar, un doloroso grito de furia lanzó. 

 Por Susana Borchers

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