Juan y su madera

 

Sin duda, este había sido un largo y agobiante día...

Pero como todas las tardes, después de una intensa jornada, Juan buscaba su paz y sosiego en el gran altillo, dando forma y color a su apreciada madera. Después de la muerte de su madre, para él, era el bálsamo más complejo y preciado después de un intenso día.

Lo había heredado de su abuelo.

¡Nunca he tardado tanto en finalizar un trabajo!,  pensó... Era algo que hace mucho le había pedido su madre. Ensimismado, recordó cuántas veces ella le había preguntado si faltaba mucho para terminar su mesa... El silencio lo invadió y recordando las palabras reiteradas de la Sra. Eloísa se dijo: - ¿Será acertado ahora terminarla?

Con que sí... ¿eh? – una vocecita me exclamó apremiante. ¡Inmóvil me quedé...!

Miré a mi alrededor y no había nadie. Era sin duda, mi conciencia...

Un gesto sonriente afloró en mí, como toque mágico, haciéndome ver las cosas diferentes y con fuerza me dije: ¡adelante Juan!, ahora más que nunca, por ella, debes terminarla.

Pasaron las horas y enfrascado entre medio de tantos utensillos, escuchó voces desconocidas, abajo, en la gran sala.

Quién será? - se preguntó. Ni mi padre ni mi hermana Carlota me han hecho saber que hoy habría visitas. Eran voces femeninas. Será tal vez la tía Sofía y su hija Amanda? O tal vez alguna vecina en busca de algo?

Sin querer distraerse, arrimó la puerta del altillo y continuó trabajando.

Después de algunas horas, sin pensar ya en aquellas voces desconocidas, bajó la escalera en busca de algo fresco. Al pasar por la sala de costura de su madre, no pudo evitar echar una ojeada al lugar. ¡Todo está como ella lo dejo! – se dijo.

Después del accidente, todos se habían acostumbrado a dejar en ese lugar, las cosas en el mismo sitio, donde ella sabía encontrarlas. Pasar frente a esta, era para mí la imágen clave que siempre se repetía: era verla cosiendo o bordando en su sillón preferido. Su mirada clara, como sol encendido, y su a menudo gesto tierno de asentimiento irradiaban la paz y bondad que su alma reflejaba. Para todos era... la tranquilidad y comprensión de nuestras vidas.

Papá, ocupado todo el día en su librería acortaba las horas, y al llegar a casa, sólo se limitaba a sentarse junto a la ventana de la gran sala, donde hasta el día fatal, mamá y él recordaban el pasado y compaginaban, durante horas, el presente y el futuro. Ese rincón era para ambos, el momento esperado.

Su accidente fue algo inesperado. Una mañana, como tantas otras, salió de la casa rumbo al mercado. Un desaforado e inconciente automovilista, esa mañana soleada la atropelló... y tirada en la acera agonizando, la abandonó. En vano fue la asistencia que recibió, pués camino al hospital dejó para siempre de respirar.

Mañana soleada que en un instante, se convirtió en un día gris. ¡ No supe decir nada!

Mis ojos se inundaron de lágrimas que no llegué nunca a verter... y aunque no sentí frío, me puse a temblar...

... sin aliento nos apretamos el uno al otro, hasta que tuvimos que hacer una pausa para respirar...

 Cada día que transcurría mi padre trataba de reponerse y Carlota, entre estudios y quehaceres, no dejaba de hablar ni de copiar las cosas que hacía y decía mamá.

Su palabra justa, su oído abierto, su mirada consoladora... era mi refugio.

Llegué a la cocina y allí estaba Berta, compañera y colaboradora de la familia durante muchos años, preparando la cena. Después de tanto tiempo, creo yo, ella también jugaba a ser el espejo de mi madre.

La saludé, la miré y dije... ¿sabes acaso quiénes vinieron esta tarde?.

Adivina Juan, respondió ella. Observando mi cara de desconcierto, supo darse cuenta que no podría adivinar. Eran dos damas muy apuestas, agregó. Una de ellas alta, con cara redonda, ojos luminosos y cabello oscuro. La otra joven encantadora, con dos luceros por ojos y cabellos rubios como el trigo más claro que pueda cosecharse en esta meseta.

De pié y fijando su mirada en un rincón de la cocina, Juan pensó de inmediato en Florencia y su madre. Los latidos de su corazón se aceleraron, sus manos comenzaron a transpirar... y sin quererlo... estaba sentado.

Aunque Berta fingió que apenas se fijaba en Juan, su mirada era atenta aún entre medio de los preparativos de la cena. Todos sabían por diferentes actitudes, los sentimientos que él sentía por la muchacha.

Desde aquella fiesta de fin de curso, donde ya habían transcurrido cinco años, Juan guardaba secretamente una foto de Florencia, desconociendo que su familia y Berta lo presentían. Su timidez hizo que nunca pudiera hablarle.

Sin dejar de sorprenderse e intentando disimular, preguntó: - ¿ A qué se debió Berta el motivo de la visita?  Y sin tener ella una respuesta clara, le contestó: - hablaron con tu padre... pregúntale, él te contará.

Con un vaso de algo fresco partió para el altillo. Querer seguir con su tarea no era nada fácil. Las preguntas acerca de aquella visita, flotaban en su mente y tratando de calmar su ansiedad, tomo sus utensillos y reanudó su trabajo. En esos momentos concentrarse era más difícil que flotar en altamar durante varios meses.

Al concluir la cena, pregunté a mi padre: - ¿Cuál fue el motivo papá de la inesperada visita, esta tarde, de la Sra. Cárdenas y su hija?

Con un tono y un gesto, de un hombre abatido por la pérdida de su amada esposa, contestó: -La Sra. Corina necesita saber si en tus ratos libres, le podrías llegar a confeccionar una gran biblioteca, para los libros de estudio, de su hija Florencia.

Ella preguntó por vos, pero desconociendo que estabas en el altillo, conversó conmigo.

Por segunda vez su corazón se aceleró y sin pensar en la presencia de su padre, en voz muy baja murmuró: - ¡ Que mis manos puedan dar forma a algo que Florencia va a usar, necesitar o tener junto a ella... es magnífico!

¡ Qué te pasa Juan! ¡ Qué dices!, exclamó Don Pablo.

Juan sonrió. Su chaqueta se tensó tanto alrededor de su pecho, que sintió que sus mangas se encogían hasta los codos.

¿Por qué transpirás tanto hijo?, agregó.

Por nada padre, por nada... Mientras un silencio profundo invadía la sala, Don Pablo añadió: - Cuéntame hijo, cuéntame qué sucede! Y sentados en la cocina, frente a frente, Juan charló con su padre y le confesó el tiempo que hacía que estaba enmorado de la hija de la Sra. Cárdenas.

Los ojos de Don Pablo se habían humedecido y su rostro paledecido. Sin poder decir nada huyó espantado repitiendo varias veces: ¡ No Juan, no...!

Sin titubear el muchacho avanzó por el mismo camino que su padre había recorrido. Ya parado frente a la puerta del cuarto de Don Pablo, preguntó: - ¡ Qué está ocurriendo padre...! Guardó silencio un rato y luego entre sollozos exclamó: ¡ Déjame sólo, por favor! Nosé el tiempo que estuvo allí... Y sin tener ni una palabra por respuesta, pensé en ir a hablar con Carlota, a su cuarto.

Ya ella estaba dormida. Entonces me dirijí al altillo, cerré la puerta y de espalda a esta me puse a llorar.

Un sudor perlaba mi frente, se acumulaba en mis axilas y mojaba mi camisa. ¡ No comprendía que estaba pasando!

Después de un largo rato, una parte de mi cabeza acariciaba la idea de volver a tomar los trozos de madera que concluirían con la mesa de mamá, como deseo de encontrar en ellos, el alivio y la comprensión de ese ser tan amado.

Eran ya las seis de la madrugada y todavía estaba allí. Pensé en no ir al negocio para no enfrentar a mi padre. Pero desde mi pequeño, mi madre nos había enseñado que las obligaciones y los problemas se debían enfrentar, nos guste o no, por más dolororosos que fuesen y asumirlos, pase lo que pase.Y recordando esas palabras, no dudé en faltar a ello.

Llegué antes que él. Me sorprendió no verlo, ya que era su costumbre acudir muy temprano y mucho más, después del accidente de mamá.

Sumergido en acomodar libros, no escuché que la puerta de entrada se abría, Pero ya adentro, lo ví. Era papá... y su cara no era muy buena.

Después de un silencio profundo durante varias horas, me acerqué y le pregunté:

-          ¿ Qué está pasando padre?...

Se inclinó hacia adelante, bajó la cabeza, me tocó el hombro izquierdo y con tono profundo me dijo: - “deja que lo medite un par de días Juan...”

Pero papá... - añadió el muchacho.

Calla hijo calla, así será mejor...

La rutina de ambos continuó varios días, tal como Don Pablo había pedido.

Transcurrieron dos meses... y una noche trabajando en el altillo escuchó los gritos de su hermana, que lo llamaba desespradamente. Salió de inmediato.

Sentada ella en su cama, lo abrazó muy fuerte y murmuró a su oído: -Tengo miedo Juan...!

¿Qué pasa Carlota?. Algo está ocurriendo hermano. Desde la muerte de mamá, las cosas son diferentes.

Sin saber que decir, Juan desvió sus ojos hacia la ventana y abrazados en silencio. Después  un buen rato, agregó, yo también presciento que algo está ocurriendo. Y tomados de la mano, se dirigieron a la cocina.

Siéntate Carlota... por favor siéntate. Y con un vaso de algo fresco por medio, le contó todo lo ocurrido desde la noche que le confesó que estaba enamorada de Florencia, desde siempre.

Sorprendida y aterrorizada, lo escuchaba sin decir palabra.

Ahora -dijo Juan- cuéntame tú. Carlota estrechó fuerte las manos de Juan y comenzó a llorar. Su hermano la abrazó, palmeó su espalda de manera consoladora, mientras sus ojos se humedecían lentamente y la dejó llorar un rato.

¡Tranquilízate!... ¡Tranquilízate Carlota!. Ella asintió con la cabeza y comenzó a hablar...

Hace días que por las noches lo veo salir y muy pocas veces volver.

¿Bromeas?, dijo Juan. ¿Tiene idea adónde va?

Los dos ignoraban su salida.

La luz crepuscular la despertó. Le dolía todo. El músculo más pequeño de su cuerpo parecía haber sido magullado. Su cuello estaba tan tenso como si estuviese inmovilizado por un corsé. Juan dormía en un catre a su lado.

Despertó sobresaltado. Sus piernas se deslizaron y la mitad de su cuerpo cayó fuera del catre.

Carlota movió la cabeza, dando a entender a su hermano, que esa mañana el padre no estaba en su cuarto.

Juan se estremeció. ¿Estás segura ? – dijo.

Tranquila. Iré al negocio más temprano y allí hablaré. Debemos saber que está ocurriendo...

Sentado, esta vez, en un sillón frente a la puerta trasera de la librería, Juan aguardaba a Don Pablo.

De pronto... entró...

Fuí a su encuentro, pero debido a su gesto de enojo, me eché a un lado para hacerle paso.

Se mantuvo alejado en todo momento, sólo lo ví una vez.

Al finalizar el día, sentí su presencia detrás de mí. Me volví, lo miré y comprendí que quería hablarme. Me sentí atrapado por el sentimiento de duda y temor por lo que me diría.

Permanecimos en el local con las puertas cerradas hasta muy tarde. Habló de su vida con mamá, de su pena de haberla perdido, del deseo incontenible de volver a verla y de la angustia y el dolor de no tenerla. Lo comprendí... aunque noté, que algo quedó en el tintero.

¡ Cómo no iba a comprenderlo, si era también mi mismo deseo!.

Asustada Carlota por nuestra tardanza, nos llamó por teléfono. Le expliqué el motivo de la demora y calló.

Al llegar a casa una rica cena nos aguardaba. Las comidas que preparaba mi hermana, también llevaban el olor y el sabor de mamá.

Muchas veces me pregunté si se debía a que ella se las había enseñado tan bien o sería simplemente el deseo de seguir oliendo los olores que mi madre encerraba.

 

POR SUSANA BORCHERS

REDACCIÒN TUGUIANORTE.COM