Colores de esperanza


 Esa mañana de verano, sentada en la reposera de la Abuela María, una mariposa revoloteaba sobre mí. ¡Sus colores me enmudecieron! Después de largo rato… se marchó.

 Por la noche, mientras la abuela me contaba un cuento, sentí que un velo caía sobre mi cuerpo, palabras me susurraban al oído y 
las paredes del cuarto comenzaban a cambiar de color… ¡Mi corazón latió desesperado!

 De inmediato pensé en aquella mariposa que había visto por la mañana. Y entonces, muy pronto, me di cuenta de qué sucedía.
¡Un aire corrió por mi cuerpo y un aliento acarició mi rostro! 
Era ella… ¡Sí… era ella!

 Como mi abu no comprendía qué me pasaba, le relaté lo sucedido. Se sonrió y me contó que, cuando era muy pequeña, algo parecido le había ocurrido… y me hizo feliz. 

 Entre su cuento y los colores que recorrían mi cuarto me quedé dormida. Llegó la madrugada y un golpecito escuché en mi ventana…

  Era la mariposa que me saludaba… y observé, en el movimiento de sus alas, que algo me quería decir porque sus colores se habían convertido en flechas que apuntaban al cielo. 

 Levanté la vista y algo nunca visto, me impactó. Eran todas sus amigas que, aferradas a cada una de las estrellas, sacudían sus alas a manera de saludo. 

 El cielo se había convertido en el cartel luminoso más grande que pudiera existir. Los destellos y los sentimientos que las mariposas irradiaban me provocaron lágrimas de placer y alegría. 

 Abrí mi ventana y con un grito fuerte, muy fuerte exclamé: —¡Vuelen, bellas, vuelen… el cielo es vuestro mundo! 

Por Susana Borchers

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